Llevábamos tres días en el norte de Senegal con ese calor seco que te recuerda que el Sáhara empieza justo aquí, al otro lado del río. La mañana que salimos hacia Djoudj el termómetro ya marcaba veintisiete grados antes del amanecer. Nuestro guía conducía en silencio por una pista de tierra con los faros cortando la oscuridad cuando, de repente, me pidió mi atención. “Escucha”, me dijo. Y entonces lo oí: un murmullo que no era viento, algo más vivo, más denso, como si el aire tuviera textura. Eran miles de aves que dormían en las lagunas a apenas doscientos metros de nosotros. Ese primer sonido de Djoudj antes incluso de verlo fue suficiente para comprender que aquel lugar no se parecía a ningún otro que hubiera visitado en mi vida.
Un santuario en el fin del mundo verde
El Parque Nacional de las Aves de Djoudj no es un parque cualquiera, es diferente, especial. Situado en el extremo noroeste de Senegal, a unos sesenta kilómetros al norte de Saint-Louis, cerca de la frontera con Mauritania, ocupa una extensión de aproximadamente 16.000 hectáreas en el delta del río Senegal. En el mapa parece un punto pequeño, casi anecdótico. Pero lo que hay dentro de ese punto es difícil de describir.
