Amanecer en el Embalse de Santillana. Sierra de Guadarrama. Madrid. España.

13 de mayo de 2026

El camachuelo común, esa joya escarlata escondida entre los arboles de los bosques

Hay aves que necesitas buscar y aves que aparecen cuando menos lo esperas. El camachuelo común pertenece claramente al segundo grupo. Yo lo encontré por primera vez en un parque de un pueblo, en primavera, en busca del alimento que les ponen los vecinos de los pueblos de la península de Varanger en Noruega. Estaba posado en una rama desnuda, tan quieto que podría haber pasado por una fruta olvidada en el árbol si no fuera por ese rojo inconfundible. Desde ese día, cada vez que entro en un bosque de montaña en España, voy con la vista a media altura buscando esa mancha de color entre la madera gris, lamentablemente verlos por estas latitudes no es sencillo...

El Camachuelo común (Pyrrhula pyrrhula) es uno de esos pájaros que no admiten confusión una vez que se ha visto bien. Pertenece a la familia Fringillidae, la misma familia a la que pertenecen los pinzones, los verdecillos o los jilgueros, pero tiene un porte y un carácter propios que lo distinguen claramente del resto.

Es un ave compacta, de entre 14 y 16 centímetros de longitud, con una silueta redondeada que recuerda más a una bola de plumas que a un pájaro estilizado. El pico es la primera pista para identificarlo incluso antes de ver bien los colores: corto, grueso, con el perfil casi esférico, de base ancha y punta curvada hacia abajo. Ese pico no está diseñado para atrapar insectos sino para extraer semillas, desgranar frutos y, sobre todo, arrancar yemas florales con una precisión quirúrgica.

Camachuelo común en Vestre Jacobselv. Varanger. Noruega.
Eurasian bullfinch (Pyrrhula pyrrhula).


8 de mayo de 2026

Madagascar: Andasibe-Mantadia, el reino de los lémures y la selva que no deja de sorprender

Llevaba apenas veinte minutos dentro del parque cuando escuché algo que nunca olvidaré. Un sonido que llegaba de lejos, profundo y prolongado, casi como un lamento amplificado por la humedad del bosque. Nuestro guía, Armel, levantó la mano para detener el grupo y sonrió. “Indrí”, susurró. Me llevó unos segundos ubicar de dónde venía el canto, y otros tantos encontrar entre el follaje aquella silueta negra y blanca, grande como un niño pequeño, aferrada a un tronco a quince metros de altura. 
El indrí, el lémur más grande del mundo, nos miraba con esa expresión entre curiosa y solemne que tienen los primates cuando saben que tienen toda la atención. Pulsé el disparador. Esa imagen abrió uno de los mejores instantes fotográficos de mi vida.

Una isla que es un mundo aparte


Madagascar no se parece a ningún otro lugar de la Tierra. Lo dicen los biólogos, lo repiten los conservacionistas, y lo confirma cualquiera que haya puesto un pie allí. Esta isla, la cuarta más grande del mundo con más de 580.000 kilómetros cuadrados, se separó del continente africano hace unos 160 millones de años y evolucionó en un aislamiento tan prolongado que hoy alberga una proporción de especies únicas que resulta difícil de comprender en toda su dimensión. Más del 90 por ciento de su fauna vertebrada es endémica. No existe en ningún otro lugar del planeta.

Indrí en Mantadia National Park. Andasibe. Madagascar. Indri (Indri indri).
El Lémur más grande del mundo.

El Parque Nacional de Andasibe-Mantadia forma parte de ese legado natural extraordinario. Situado en la región de Alaotra-Mangoro, en el este de la isla, a poco más de 140 kilómetros al este de la capital Antananarivo, el parque cubre algo más de 155 kilómetros cuadrados de bosque lluvioso tropical primario y secundario. Llegar desde la capital es una experiencia en sí misma: tres horas por la carretera nacional RN2, una carretera que sube, baja, tuerce y atraviesa paisajes que van cambiando a medida que dejas atrás el altiplano y empiezas a descender hacia la costa oriental.