Hay especies que uno aprende a identificar por el oído antes que por la vista, y el bigotudo es la prueba perfecta. En las Tablas de Daimiel pasé una mañana entera guiándome solo por ese sonido seco y metálico que emite entre los carrizos, sin lograr verlo ni una sola vez. Otro día volví a la misma zona, me senté en el suelo y dejé la cámara sobre las rodillas. Tardó cuarenta minutos en aparecer, pero cuando lo hizo, se acercó tanto que tuve que retroceder el zoom. Luego la maravillosa escena de una hembra cebando a una cría. Espectacular... A veces la paciencia es la única técnica fotográfica que funciona con esta ave.
Un ave hecha a medida de un solo hábitat
El bigotudo (Panurus biarmicus) ocupa un lugar curioso dentro de la ornitología europea. Durante décadas se le clasificó junto a los paros, hasta que los estudios genéticos demostraron que no tenía parentesco cercano con ellos y merecía su propia familia, Panuridae, de la que es actualmente el único representante. Es, en ese sentido, una especie sin parientes directos, un experimento evolutivo que ha resuelto a su manera el problema de vivir exclusivamente en un tipo de vegetación muy concreto: el carrizal denso.
No existe otra ave europea tan ligada a un solo hábitat como esta. Donde hay carrizo extenso y bien conservado, hay posibilidades de bigotudo. Donde no lo hay, la especie simplemente desaparece del mapa, por buenas que sean el resto de condiciones. Esa dependencia extrema explica buena parte de lo que se sabe sobre su biología y también buena parte de las amenazas que enfrenta.






