Hay especies que uno tarda años en ver bien, y el quebrantahuesos es una de ellas. Llevaba tres viajes a los Pirineos sin verlo de cerca, solo puntos lejanos cruzando crestas a kilómetros de distancia. En el cuarto viaje, en un valle del Pirineo aragonés, un joven de segundo año pasó a menos de cien metros siguiendo la línea de una cresta, con ese plumaje pardo oscuro tan distinto del adulto. Tardé un momento en darme cuenta de lo que estaba viendo, porque nada en el vuelo recordaba al de un buitre leonado. Cuando até la identificación con seguridad, ya se había perdido entre dos picos. Así es esta especie: aparece, deja una certeza y desaparece.
El buitre que no parece buitre
El quebrantahuesos (Gypaetus barbatus) rompe casi todas las expectativas que uno tiene sobre los grandes carroñeros. No tiene el cuello desnudo del buitre leonado ni la cabeza pelada de otros buitres del Viejo Mundo. Tiene plumas hasta la barbilla, una cara pintada de negro alrededor de los ojos, un mechón de plumas bajo el pico que le da nombre en varios idiomas (el barbudo) y un vuelo que parece más propio de un águila grande que de un carroñero. Pertenece a la familia Accipitridae, como el resto de rapaces diurnas europeas, pero ocupa un género propio, Gypaetus, del que es el único representante.






